¿A qué nos tenemos que acostumbrar? ¿A qué tenemos que acostumbrar a nuestros niños?
Hace tiempo que siento esta frase como el gran motivo que justifica muchas de las intervenciones pedagógicas que hacemos a hogares de niños, escuelas, institutos y otros centros de enseñanza sea reglado o no.
Y es que ciertamente las personas somos animales de costumbres. Nos gusta tener ciertas rutinas que nos dan tranquilidad y seguridad. Nuestro cerebro descansa más cuando sabe aquello que está previsto que pase y reacciona ante el imprevisto como un peligro al que hay que tener presente y que muchos golpes nos paraliza.
Pero, ¿son sanas todas las costumbres? Qué tienen que ver las costumbres con esta idea de que hay que crecer y madurar porque nos acostumbramos. La pregunta sería ¿a que nos tenemos que acostumbrar? ¿A que tenemos que acostumbrar a nuestros niños?

Cuando hago esta pregunta a maestras y padres la respuesta que recibo va en función de la edad de la criatura. De los 0 a los 3 se tienen que acostumbrar que la madre y el padre no pueden estar siempre a su lado y, porque se acostumbre, tenemos montada una extensa red de hogares de niños que cubren las necesidades de amor y cura que requiere esta edad en un horario suficientemente extenso porque madres y padres podamos trabajar en unos trabajos que, en una inmensa mayoría, no nos dejan satisfechos ni nos aportan gran bienestar emocional, a pesar de que, en algunos casos, tampoco todos, sí económico. Pero nos acostumbramos.

De los 3 a los 6 se ha hecho un gran trabajo reivindicando el juego dentro de la etapa infantil y cada vez son menos los espacios llenos de mesas y sillas en estas edades y más los que apuestan por la organización por rincones o por ambientes. Pero aún así, continúa la tendencia de enseñarles contenidos más o menos pautados para que se acostumbren a cuando vayan a primaria.
Entre los 6 y los 12 los tenemos sentados largas horas en sillas y mesas, enseñándoles contenidos que no siempre encajan con sus inquietudes y proporcionándoles en ocasiones deberes que no pueden ser vividos desde el placer de aprender, para que se acostumbren a cuando vayan a secundaria.

 

 

Y cuando están en secundaria nos empezamos a distanciar de ellos (su desarrollo personal ya trae que se distancien de nosotros, pero nosotros contribuimos soberanamente a que la distancia acontezca un hecho palpable) y entonces sí, los llenamos de deberes también para que se acostumbren, y cuando pregunto en este punto a qué, muchas veces la respuesta es a que hay que esforzarse y trabajar duro en esta vida.
¿Qué mensajes estamos transmitiendo a nuestros pequeños? ¿Qué costumbres queremos que arraiguen en ellos?
¿Qué queremos que forme parte de su vida de manera automatizada? ¿Qué queremos que le dé tranquilidad y seguridad? ¿Dónde estamos nosotros en todo este proceso? Y cuando digo nosotros me refiero a todos nosotros, padres, madres, educadores, maestros, entrenadores y todas las personas que los acompañan en su crecer. La pregunta sería ¿qué aportan estas costumbres a nuestras criaturas? ¿Cómo los ayudan a crecer?

Muchas veces miro a los adultos y bien es verdad que la imagen que veo, en general, no es una imagen agradable. No veo gente que se esfuerce con la voluntad de hacer feliz al otro con sus acciones, con la voluntad de que su trabajo sea cada día un poquito mejor que el día anterior, mirando de dejar en el otro una huella que será imborrable por su calidad y bondad. Y no digo que no haya, sencillamente que no es lo que abunda a pesar de que sé que todos somos buenas personas y apreciamos cuando alguien hace el gesto. ¿Tendríais ganas de crecer viéndonos a nosotros mismos como modelo? Pues esto es lo que ven nuestros hijos cada día. ¿A qué imagen del adulto queremos que se acostumbren?

Cuando mi hija de 13 años me pide porque sus sillas son tan incómodas mientras que la del profe, que está infrautilitzada porque no siempre se sientan y porque cuando lo hacen están mucho menos rato que ellos, es bastante más cómoda, no sé qué responder. Su reivindicación es de una lógica agobiante y me niego a decirle que es para que se acostumbre a que le haga daño la espalda cuando sea grande.
Desde la Universidad Vivencial nos hacemos estas y otras preguntas a las que damos respuesta, cada cual la suya, desde el pararnos y mirar la relación que tenemos y la que queremos tener con nuestros jóvenes y niños, desde las vivencias que cada módulo nos aporta y desde los diálogos que hacemos los sábados de aquello que es cotidiano.

Maite Fonollosa
Co-directora pedagógica de la Universitat Vivencial