Este escrito hace un breve repaso de la evolución desde el papel que tienen los límites en dicho proceso.

Parto del supuesto de que la existencia misma se fundamenta en unos límites muy claros. Las medidas en la realidad subatómica son tales que, solo con cambiarlas ínfimamente, el universo colapsaría. Es decir, el universo material que nos sostiene, está diseñado en base a unos límites muy precisos.

La eclosión de la vida se sustenta también en un límite: la membrana celular. Ese límite protege una organización interna diferenciada del exterior. Es condición para la viabilidad del sistema. La membrana debe ser permeable selectivamente para salvaguardar el organismo. Este mismo principio puede aplicarse a individuos, grupos, ecosistemas, etc. Toda estructura necesita esa membrana que la proteja y, al mismo tiempo, permita y facilite la comunicación con el exterior.

La primera vivencia de límites es física, corporal, previa a la conciencia de sujeto, y podemos suponer que es facilitada por la estimulación de la piel con las paredes del útero. Aunque si retrocedemos en el tiempo, antes de llegar al útero, el cigoto ya tiene una experiencia de límites. Tal vez en su memoria celular, contiene una vivencia de caída, ser frenado y contenido por el útero y poder fijarse en un lugar para seguir desarrollando su potencial.

El ser humano va integrando, en esa experiencia celular, otras muchas. Iré matizando los momentos que puedan tener una significación. Pero quiero recalcar la importancia de la vivencia más primaria de los límites. Toda la construcción de la persona se sustenta en ellos.

Podemos suponer que la experiencia del parto vaginal, con la super estimulación cutánea que supone hace vivir al bebé una potente sensación de límite. Esta vivencia queda de alguna manera registrada en el cuerpo, ya que aún no dispone de una capacidad representativa, del lenguaje que le permita considerarse sujeto de esa experiencia.

Esta experiencia, de todas formas, es fundamentalmente corporal, no existe conciencia de individuo separado del ambiente y, por tanto las funciones del adulto en relación a los límites, tampoco están diferenciadas, predominando la fusión.

Cómo somos manipulados, sostenidos, la energía emocional que nos envuelve cuando somos bebés, son, de alguna manera, experiencias de límites.

Así pues podemos establecer una primera fase de indiferenciación en la que no hay conciencia de límites. El yo esta fundido con el universo.

Hay otro momento importante en relación a los límites que está conectado con la lactancia. Ken Wilber ilustra ese momento con la metáfora del ser mitológico Uróboros: serpiente que se muerde la cola. En la fase urobórica, el bebe tiene o no la satisfacción de sus necesidades a través de la boca. El resto del cuerpo es un continuum con el mundo. No hay diferenciación con el resto del mundo ni con el otro (la madre)

Pero en la boca se va creando una diferenciación con el otro ser gracias a esos momentos de estar y no estar que se van sucediendo. Aunque para el bebe no existe tal diferenciación.

Podemos suponer que para el existe una sensación amalgámica de satisfacción de sus necesidades de alimento-afecto, satisfecha o no por el pecho-madre-universo.

Esa ausencia y presencia alternadas van construyendo una primitiva sensación de límite

Desde el psicoanálisis se ha aportado una interesante reflexión en torno a los límites. La ausencia del objeto del deseo es lo que permite imaginarlo y, por tanto, es el origen de la representación. Si todos nuestros deseos fueran satisfechos, viviríamos permanentemente en una satisfacción fusión. Es la frustración la que permite el acceso a la representación.

Este principio, que en este momento facilita el inicio del lenguaje, es extrapolable a un ámbito mas general, donde podríamos expresarlo de la forma: los limites, en tanto que ayudan a enfrentar una frustración son esenciales para madurar como personas.

En edades tempranas es necesaria la presencia del otro, un “otro” con sus deseos y necesidades. Esa madre que primero reacciona al ser mordida y mas tarde necesita ir al baño y tiempo después tomar un café con una amiga. Una persona que se muestra como un ser con necesidades y deseos y que es la primera experiencia de límite con el otro.

La situación originaria es la fusión y de ella surge la diferenciación. Estos dos estados expresan también las dos funciones de la contención por parte del adulto. Y podemos considerlas complementarias: sin el amor que expresa la fusión, los limites pueden resultar violentos y producir miedos. Sin los límites, el amor incondicional produce confusión y no favorece la maduración.

La fusión reasegura a través de la unión con el otro. En ella podemos encontrar el origen de lo que luego será la unión con el todo. Pero está bien diferenciar entre una vivencia preegoica y una vivencia post egoica.

Los límites reaseguran gracias a la diferenciación. Me construyo como individuo gracias a que otro individuo (en primer lugar la madre) ha expresado su necesidad o la del entorno poniendo un límite.

Esa consciencia de que hay un “otro” es la base de la socialización.

Esta primera diferenciación oral, podríamos decir, es el inicio de una progresiva autonomía física, aún no emocional, que el bebé va a ir asumiendo, por lo que podemos definir otra fase en la relación a los límites que se refiere especialmente a la construcción de los límites de la realidad física i que transcurre, aproximadamente, entre los 6 u 8 meses y los tres años.

Genéricamente, es la etapa del control y, por ello va a suponer una construcción importante de cara a la autonomía en la vida. En esta etapa, el niño asume el control de su cuerpo, no solo la motricidad, si no también los esfínteres. Y con ello, de alguna forma, también controla las reacciones de los adultos. Controlar es también conocer muy bien los límites. En esta etapa es pues conveniente que pueda explorar de forma variada con su cuerpo, los objetos y el espacio.

Erikson, en su caracterización de las fases evolutivas, considera que en esta etapa se decide la polaridad autonomía frente a vergüenza y duda. Si el niño ha podido explorar el mundo y ha asumido el control de su cuerpo acompañado con respeto y aceptación asumirá la autonomía. Si se ha sentido incapaz, temeroso e indigno en esa aventura, cuando se enfrente a los retos de la vida, resurgirán en el esas emociones.

Después de la etapa del control, viene una fase en la que, por un lado su lenguaje se ha desarrollado y empieza a manejar una realidad interior. Empieza a hacerse preguntas en relación a su persona. Esta fase la podríamos denominar de la Independencia Emocional, pues es el logro que se consigue entre los 3 y los 6 años aproximadamente.

Si la fase anterior es un aprendizaje sobre los límites físicos que luego tiene transcendencia en relación al moverse en el mundo, el espacio-tiempo de nuestra vida, en esta, el tema serán las relaciones: si mi madre no es para toda la vida, puedo construirme como ser independiente?

En esta fase se construyen los límites necesarios para relacionarse de forma madura, independiente y constructiva. En el psicoanálisis, la fase fálica o edípica o de Electra ,para diferenciar entre niños y niñas, supone un tránsito desde miedos profundos, rivalidad, ambivalencia i agresividad, hacia una posible relación basada en una renuncia a la relación dependiente con la madre y una identificación sana con el progenitor del mismo sexo.

En cualquier caso, se trata de una conquista de la independencia que supone asumir muchos límites. El deseo de continuar en esa relación de privilegio con la madre topa con un impedimento muy claro: la madre tiene otros intereses (sea el padre o cualquier agente que cumpla esa función en el triángulo edípico)

Ese asumir límites e interiorizarlos es la base para la maduración básica de esta etapa.

Desde la práctica psicomotriz, hay un recurso por parte del adulto que puede facilitar enormemente ese tránsito, y que supone también un sistema complejo de límites cuya riqueza y potencial van mas allá del ámbito relacional.

Me refiero al juego simbólico, que permite exteriorizar y evolucionar emociones que son mas difíciles de expresar directamente. En esta edad, el juego simbólico del niño le permite expresar emociones como agresividad y miedo.

El juego simbólico compartido, por su complejidad, facilita también la comprensión y el saber asumir y moverse en ambientes que integran diferentes deseos y necesidades. Ese juego requiere de un acompañamiento por parte del adulto.

Estos deseos y necesidades de los otros se traducen en límites que el adulto ayuda a asumir. La práctica psicomotriz ha desarrollado esta actividad, así como una tecnicidad en la figura del adulto: el compañero simbólico.

Una vez superada esta etapa, el niño y la niña están preparados para la socialización, es decir, para tratar a los otros de igual a igual sin mediación del adulto.

Este primer septenio supone construir los fundamentos de la persona. A partir de entonces emerge la capacidad de pensar y, por tanto, de entender el mundo desde otro lugar. Entran en juego otros límites.

Si en el primer septenio los límites que configuran su entorno le ayudan a construir sus bases como persona, en este segundo septenio son los límites culturales y sociales los que le van a permitir conocerse. Desde el punto de vista del que estoy partiendo, comprender e interiorizar esos límites es una condición indispensable para las adquisiciones de esta etapa.

Después de la fase de independencia emocional, el niño entra en una fase de asumir límites externos colectivos. Una de las expresiones más importantes de este hecho es el juego reglado. En él, el niño asume todo un conjunto de límites que le permiten una serie de aprendizajes importantes técnicos, estratégicos y sociales.

Pero no solo el juego de reglas si no la mayoría de actividades que realiza supone un complejo universo de límites más allá del hogar: la escuela, el grupo de amigos, actividades extraescolares.

Destacamos la potencialidad del juego para asumir de forma voluntaria esos límites. De alguna forma el juego es un laboratorio donde los niños dan lo mejor de ellos mismos, lo cual supone un gran entreno para la vida.

Esta etapa dura hasta los catorce años aproximadamente. En la adolescencia, su mundo personal se abre y podemos decir que encuentra los límites del mundo. El planteamiento ya no es como en el septenio anterior, limitado a su mundo familiar y social, si no que tiene que empezar a ubicar-se en un ámbito mucho mas amplio.

Hemos hecho una breve revisión de los límites en relación a la evolución hasta el inicio del tercer septenio.

Antes de finalizar, me gustaría hacer referencia a la importancia de los límites en el aprendizaje.

El límite es intrínseco a la formación de un concepto, que a su vez es la base del pensamiento. Un concepto se construye gracias a que una frontera, un límite, separa aquel contenido de todo lo demás. A partir de aquí se construyen las estructuras clasificatorias y numéricas, germen del lenguaje, la lógica y la matemática.

Para profundizar en esa construcción desde su génesis es de gran valor la obra de Piaget y otros autores seguidores de su obra.

Pero también en el ámbito artístico donde no siempre se utilizan lenguajes con una clara estructura, como en la plástica y la danza, son de crucial importancia.

En el acompañamiento de procesos, es esencial plantearse que cierro y que abro. Que delimito y donde dejo un margen de libertad.

Así mismo, hay lenguajes, como los de signos, que por sus límites nos permiten una serie de cosas y otros, como los de símbolos que nos facilitan otras cosas pero pierden la precisión y eficacia de los lenguajes de signos.

Pero todos estos temas serán objeto de otro artículo que relacione límites con aprendizaje, creatividad y acompañamiento de procesos.

Bibliografía:

  • Erikson. E (2003)Las ocho edades del hombre-Buenos Aires Ediciones Horme
  • Flavell, J.M. (1979). La psicologia evolutiva de Jan Piaget. Buenos Aires: Paidós.
  • WILBER, K. “El proyecto Atman”. Barcelona: Kairós. 1988.

Pere Juan

Co-director pedagógico de la Universitat Vivencial